sábado, 4 de noviembre de 2017

Análisis literario del poema “Con el alma en los labios”

 


Tipo de narrador: En primera persona y en segunda persona. El personaje del poema es el mismo escritor que le canta a su amor en primera persona y usa los pronombres nuestros, me, mi, tácitamente usa el yo (ejemplo: Vivo de tu palabra, por Yo vivo de tu palabra) y también es el personaje en la obra la amada dirigida en segunda persona. Con el uso de los pronombres: tu, tus, te, ti, tuyo.

Figuras literarias presentes:  

-          El poeta usa el recurso de la metáfora para describir su pasión:

…la llama apasionada// dentro de tu pecho amante…  

…La inefable pasión que me devora;

-          La alegoría, significando una tristeza enorme de estar sin el cariño de la amada:

 Porque mi pensamiento, lleno de este cariño// que en una hora feliz me hiciera esclavo tuyo.//Lejos de tus pupilas es triste como un niño//que se duerme soñando en tu acento de arrullo.

 -          La hipérbole se encuentra en estos versos:

 Para envolverte en besos, quisiera ser el viento//y quisiera ser todo lo que tu mano toca//ser tu sonrisa ser, hasta tu mismo aliento…

…rasgarme el pecho, Amada, y en tus manos de seda// ¡dejar mi palpitante corazón que te adora!

  -          La exclamación al final del poema, expresa un sentimiento de profundo amor desesperado por dar a conocerlo a la amada:

 ¡dejar mi palpitante corazón que te adora!

 -          La imprecación está presente sobre sí mismo, clamando porque la fatalidad recaiga sobre él, el día que le falte su amor.

 el día en que me faltes me arrancaré la vida.

 -          La sinécdoque se muestra en:

 …la llama apasionada// dentro de tu pecho amante

 Esta frase es con sinécdoque, puesto que podría ser: “tus sentimientos de enamorada”

 -          La metonimia aparece en: lejos de tus pupilas por decir “lejos de tu mirada”

 -          El simil es usado en el siguiente verso:

 …es triste como un niño// que se duerme soñando en tu acento de arrullo

 -          El recurso de la imagen como figura literaria es usada de forma maestra por el poeta, porque corporiza lo inmaterial, llegando inclusive a superar a la metáfora, por su carga de lirismo, de expresión y de emotividad que surge del subconsciente del vate.

Cuando de nuestro amor, la llama apasionada// dentro de tu pecho amante, contemples ya extinguida…

Para envolverte en besos quisiera ser el viento// y quisiera ser todo lo que tu mano toca// ser tu sonrisa ser, hasta tu mismo aliento// para poder estar más cerca de tu boca.

-          La adjetivación es una figura literaria que el poeta usa para acentuar sus expresiones en el verso:

llama apasionada…   pecho amante…  hora feliz… inefable pasión… manos de seda… palpitante corazón…

-          La antítesis se encuentra aquí:

En una hora feliz me hiciera esclavo tuyo.//Lejos de tus pupilas es triste como un niño.

-          El hiperbatón es usado por el poeta para darle más elegancia y expresividad al verso:

 Cuando de nuestro amor, la llama apasionada// dentro de tu pecho amante, contemples ya extinguida…

               Normalmente en gramática la frase debería ser así:  

Cuando dentro de tu pecho amante contemples ya extinguida la llama apasionada de nuestro amor.

-          La ruptura de sistemas usa el poeta para lograr mayor estilo en sus expresiones:

Para envolverte en besos quisiera ser el viento// y quisiera ser todo lo que tu mano toca

 Argumento: El poema es una forma superlativa de demostrar cuán enamorado se encuentra el amante de la amada.  Medardo se lo dedica con nombre propio a Amada, su juvenil novia.  En el texto le declara lo inmenso de su amor y pasión, de cómo se siente con ella y de cómo se sentirá si le falta el amor de ella.  Llama a la muerte en dos ocasiones, si es que su amor deja de ser correspondido en algún momento.  

Contexto social: Medardo Ángel Silva es iniciador de la época que marca un estilo modernista en el quehacer literario.  Esta influencia llegaba a Ecuador en inicios del siglo XX por el contacto con escritores europeos, franceses, quienes buscaban superar el romanticismo que había copado los espacios en el lirismo en el siglo anterior. El deseo era embellecer el verso con la forma más estética y armoniosa posible considerando el uso del vocablo y la métrica. Silva se asimiló a este movimiento.  Su procedencia era de un segmento pobre de la sociedad, su presencia era algo apagada con su color de piel moreno verdoso, y quizá esto le aumentaba su melancólico carácter, pues la amada, a quien dirigía este poema, era de la clase burguesa de la sociedad de Guayaquil. Quizá el joven poeta se sentía disminuido en sí mismo y ahí la brillantez de su pluma le ayudaba a compensar en su interior la belleza y fortuna que de la que la vida le había privado.


viernes, 3 de noviembre de 2017

La producción de la literatura modernista en nuestro país

Medardo Ángel Silva.

 

El modernismo en nuestro país llegó con cierto retraso, y fueron una generación de jóvenes poetas a inicio de las primeras décadas del siglo XX quienes encauzaron con esta tendencia literaria un estilo de época, que se mantendría vigente hasta mediados del siglo anterior, como lo señala un manifiesto de la Universidad de Cuenca (1985:16). El modernismo se forma después mediados del siglo XIX desde el parnasianismo, con una corriente de escritores europeos que buscaban alejarse del romanticismo, de lo demasiado sensible y delicado, del exceso del yo y de las descripción del paisaje, buscando una “poesía despersonalizada, alejada de los propios sentimientos y con temas que tuvieran que ver con el arte, temas de por sí sugerentes, bellos, exóticos, con una marcada preferencia por la antigüedad clásica, especialmente la griega, y por el lejano Oriente.  En lo referido al estilo, los parnasianos cuidaban mucho la forma. Continente y contenido debían marchar de acuerdo. De esta manera, si los románticos demostraron una preocupación por los sentimientos, los parnasianos lo hicieron por la belleza” (Wikipedia)

Es el poeta nicaragüense Rubén Darío con su obra Azul en 1888, que muestra un modernismo asimilado en América y desde él mismo se genera una influencia para todo el continente. En nuestro país el romanticismo y el ensayo había sido enormemente influenciado por la literatura española, ahora con los movimientos americanos de independencia de España, la mirada de los escritores empieza a producirse hacia Francia, y es allí donde el auge europeo por lo distinto, diferente concibe en tierras americanas un gran espacio de desarrollo, y en Ecuador llega con una generación de poetas que estaban en contacto con París, con las nuevas ideas, con el nuevo estilo de manifestarse.

Arturo Borja, Ernesto Noboa y Caamaño, Humberto Fierro, son hijos de aristócratas en el país, y éstos, junto con el humilde pero grandioso Medardo Ángel Silva son los exponentes más elevados del modernismo en las letras ecuatorianas, no dejando de destacar por su inclinación al “culturalismo cosmopolita y una profunda renovación estética del lenguaje y la métrica” (Wikipedia). Quienes además compartían una inclinación por la tragedia, la muerte, aconteciéndose en ellos de manera muy temprana.  Ellos aparte de ser colegas, fueron amigos inclusive se dedicaron poemas entre sí, dando a conocer su melancolía tan característica en sus escritos.  A estos se los conoció posteriormente como la “Generación decapitada” y fueron los iniciadores del modernismo con una gran muestra de rebeldía creativa en sus letras (Literarte).

El modernismo en el Ecuador inserta una altura de creación estética del más alto nivel, y demandó a las generaciones posteriores de escritores, una altura en composición que dejaría huellas profundas hasta nuestros días.

 

Junio, 2015

jueves, 2 de noviembre de 2017

Cumandá, una descripción de los pueblos asentados en la selva amazónica


Juan León Mera, realiza en su obra Cumandá una descripción de los pueblos asentados en la selva amazónica, los que él llamaba “salvajes”. En la trama de la obra describe con bastante presteza los paisajes del oriente ecuatoriano, la selva con su afluentes principales en el Pastaza y cómo se había asentado los pueblo indios en la espesa selva y su logrado contacto con los misioneros jesuitas, domínicos y otras órdenes católicas, logrando culturizarse hacia la visión colonial, según la óptica del escritor que ve con buenos ojos la transculturización católica de los pueblos originarios de la amazonia y de los indígenas de la serranía en general. La obra procura también ser una novela indigenista en cuanto a revelar la constante lucha y el maltrato de los conquistadores sobre los pueblos autóctonos conquistados.

 Mera señala en su drama a las tribus jíbaras y záparas, denominándolas “indios salvajes”, donde señala que son nómadas en busca de subsistencia a lo largo de la selva.  Los describe como incultos, expresivos, enérgicos y también hospitalarios con los viajeros como los záparos.  A los jíbaros los denomina fieros.  Descarta el canibalismo entre ellos.  Sin embargo, sabe que en la guerra son astutos y sanguinarios, vengativos por una necesidad de serlo para subsistir.  Los tienen por costumbre sacrificar a la más querida de las esposas de sus valientes cuando estos mueren “para que la acompañen al país de las almas”.  Una forma de describir el autor el estado de salvajismo en las tribus que acompañan a su relato, es contando como un guerrero “contaba el número de sus victorias por el de las cabezas de los jefes enemigos que había degollado, disecadas y reducidas al volumen de una pequeña naranja. Estos y otros despojos, además de las primorosas armas, eran los adornos de su aposento”.

El escritor habla, a lo largo de la obra, de que estas tribus están siempre en estado de guerra, lo que los hace mantenerse diestros en el uso del arco, la lanza, la maza y el uso de los venenos.  El consumo de la hayahuasca es costumbre para alucinar y describir las visiones que deben realizarse.  Juan León Mera describe así las costumbres guerreras de los indios amazónicos:

“La guerra se hace entre los indios frecuentemente por medio de sorpresas, y sus ataques nocturnos son terribles. Caminan largas leguas por tierra o por agua con tales precauciones que no se los siente, y muchas veces se arrastran como culebras considerables trechos, o van sepultados en las ondas hasta el cuello para aproximarse, sin ser vistos, a la población que se proponen asaltar. La muerte y el exterminio que llevan consigo son infalibles; el silencio profundo de que van rodeados, es el espantoso precursor del que reinará después en el lugar que talarán y cubrirán de cenizas. Una invasión de aquellas fieras en traza de hombres es más temida en el Oriente que la inundación de sus ríos, que el huracán y el terremoto. Familias y aun tribus enteras han desaparecido al furor de esas nocturnas tempestades de bárbaros que hallan su deleite en el incendio, la sangre y las contorsiones de los moribundos.”

La obra describe con realismo temas como la construcción de sus casas, que eran de postes de huayacán, paredes de guadúa partida amarradas con cuerdas de zapán y techos cubiertos de bijao.  En el contorno de la vivienda una chacra con yucas, papas y maíz, gallinas y gallos que eran el reloj natural con su canto, a veces perros amarrados como centinelas en las entradas de la casa para dar ladridos de aviso en caso de acercarse tigrillos o gatos monteses a la vivienda. El ambiente entre los habitantes de la tribu era mayormente de armonía, confianza e interés mutuo entre ellos, y la obediencia al anciano una virtud.  Los indios solían vivir varias familias juntas bajo una misma choza, y fueron gradualmente los misioneros enseñando a vivir por casas separadas a familias a manera de estar más cómodas habitando. La formación social era más de carácter patriarcal.  

Los pueblos asentados a lo largo del Amazonas también celebraban fiestas, como la de “las canoas” para refirmar amistades con otros vecinos pueblos, para unirse posiblemente como prevención al ataque de otras huestes guerreras.  Esta fiesta la realizaban guiados por las lunas y la época cíclica de florecimiento de las plantas de la zona y la maduración de los frutos.  Adornaban las canoas para el encuentro festivo con velas de cortezas, plumas de papagayos y gallos, puertas con flores y frutas, aves disecadas de plumas aterciopeladas y brillantes, y en medio de las indios casi desnudos pintada la piel, ceñida la frente un cintillo de conchas y plumas, y la cintura de cordones de hilo purpúreo o de cabellos humanos, con adornos de plumas.  La fiesta elegía al guerrero más fornido y capaz de entre ellos y destaca a alguna doncella como virgen de las flores.  Cantos y bailes son partes de la ceremonia.

El cortejo y la forma de iniciar un matrimonio era que el joven ofreciese ofrendas hechas por sus manos o recogidas y coleccionadas en sus trayectos, la joven como señal de entrega desprende uno de sus adornos y se los entregaría al proponente.  El padre de la doncella debía consentir la unión.  

Los cortejos fúnebres entre los pueblos se hacían conforme a sus creencias y costumbres, unos con fuertes estacadas cubiertas con ramas y hojas colocando a los suyos dentro de ellas con armas, vestidos y manjares. A otros destacados guerreros los sepultaban junto con su amada, quien era sacrificada para acompañar al gran hombre que había muerto.  Otras tribus sepultaban los despojos de sus guerreros y colocaban enormes troncos.

Cumandá, además de mostrarnos un drama de amor, pasión, venganza y muerte, es una obra literaria de descripciones vivenciales de la forma y figura del paisaje amazónico y las vivaz descripción cultural de los pueblos aborígenes y su contacto con la raza blanca, que a ratos pretendió civilizarla y a ratos los sometió a la misma barbarie que el hombre blanco ha vivido en sí mismo.

 “El buen salvaje” que no había sido afectado por las desigualdades de la civilización que Jacques Rousseau nombraba en sus escritos, se choca con la descripción realista de la pluma de J. L. Mera, que mostraba, tanto en los blancos como en los indios, la capacidad de tener pasiones, luchas y guerras por conseguir lo deseado.  Quizá el escritor influenciado por la creencia cristiana, cree ver en la evangelización verdadera a los indios una opción de mejorarse en costumbres y realidades de convivencia.   En todo caso nos llega hasta hoy una descripción muy realista de la sociedad de nuestros pueblos autóctonos con la grande obra Cumandá.

Julio, 2015

 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

La forma cómo se aborda el tema de la muerte en cada una de las estrofas del poema “Carta a Lizardo”

Fuente: pexels-Cottonbro

 

Juan Bautista Aguirre, como hombre creyente en Dios en su calidad de clérigo, está muy claro sobre la trascendencia de la vida del hombre después de la muerte. Reflexiona y deduce que vivir y morir es la realidad más plena que el hombre puede tener de forma ineludible, por tanto, se debe vivir bien, en buen concepto ante Dios y ante sí mismo, y así entonces morir feliz y entrar a la eternidad. Pero el poeta, de manera maestra y grande, añade un nuevo concepto con un juego de palabras, en cada una de sus estrofas: “dos veces se muere”.  ¿A caso el excelso teólogo sugiere que empezar a vivir es morir por primera vez, y luego la muerte física es la segunda vez que se muere?

¿Se refería a esto realmente Juan Bautista Aguirre en su Carta a Lizardo?

En las estrofas del poema se sustenta que todo vive una vez y muere dos veces, las plantas, los animales, el arroyo, el río, el hombre…  El poeta dice: “todo clama ¡Oh Lizardo! Que quien nace una vez dos veces muera”, y en su conclusión del poema  en la última estrofa hace un desenlace sobre una realidad para él como creyente: después de la vida material existe, o la salvación “sempiterna vida” o la condenación “perpetua muerte”, y procura advertir a su amigo Lizardo que no se equivoque en alcanzar la vida eterna,  procurando que debe  “morir dos veces para que en alguna se acierte” (paráfrasis).  Desde la perspectiva cristiana y en función de la teología bíblica, el creyente debe morir a los deseos de la carne para poder vivir para Cristo (Comparar con Ro. 6.11; Col.3:3,5) Esta “primera muerte” asegura que en la “segunda muerte” se acceda a la sempiterna vida (vida eterna). Si bien esta idea es clara para Juan bautista Aguirre como sacerdote, no es claro para el lector del poema como los animales, las plantas, los ríos y todo se muere dos veces. No hay en este caso una explicación definitiva. Es como si el poeta quiso dejar una incógnita indescifrable sobre el significado de dos veces mueres como lo es de indescifrable la eternidad para la mente humana finita.

martes, 31 de octubre de 2017

La Fábula de la lechera (Doña Thruana)


 

El relato de lo que le aconteció a doña Thruana, es una obra de Don Juan Manuel, parte del didactismo en la literatura medieval, donde el personaje Petronio presenta al joven Conde Lucanor, un consejo sabio y prudente.  El Conde Lucanor representa en la fábula, los valores del hombre que es humilde en reconocer que la grandeza no está en la riqueza o el estatus, sino en la sabiduría.  Con la historia de doña Truhana, Petronio intenta mostrar, con un ejemplo, que no es correcto poner sus esperanzas de riqueza en las fantasías.  Sin embargo, esta fábula también contiene un antivalor.  

Aplicando estos valores propuestos en nuestra vida, implicaría ser humilde en escuchar consejo y no caer en hacer castillos en el aire, sino abrazar la sensatez de siempre mirar la realidad.

Las intenciones de los valores de Don Juan Manuel al proponer este relato y concluir con este verso: “En realidades ciertas os podéis confiar, mas de las fantasías os debéis alejar”, podrían equivocarse en algo como valor propuesto, y es que el tema de soñar y hacer planes son el combustible del progreso.  El temor a no cumplir los sueños, para no experimentar frustración, es los que nos corta las alas de volar y el deseo de superar una realidad, como el de doña Truhana, de escasez.  Sin darse cuenta, Petronio insta al Conde Lucanor a mantenerse en una “zona de confort”, apostando en sus pensamientos siempre por lo seguro y no arrojarse a los retos.  Doña Truhana hizo bien en soñar, en proyectarse al progreso y diseñar en su mente el camino a seguir para alcanzarlo.  Tropezar y derramar la miel, que era el producto génesis para su plan es normal en toda historia de emprendimiento y superación; quedarse lamentando, es el error.  No podemos enseñar a desistir frente a la primera caída, o pensar que la olla de miel que se perdió es la única que tendré en toda mi vida y nunca más volveré a tener una olla de miel para volver a empezar.  

No tener sueños de progreso en la vida es caer en la falta de optimismo como antivalor, y renunciar a los sueños que me propongo cuando enfrento en el primer percance me indica otro antivalor que es la cobardía, falta de fe y perseverancia.

 

 Julio, 2014

lunes, 30 de octubre de 2017

Metamorfosis...

Fuente: pexels-Mart-Production

José es un hombre que nace en condiciones adversas, hijo de padre alcohólico y madre prostituta.  Crece sabiendo que su padre no vela por él y que su mamá trabaja como meretriz para ganarse la vida; en su crianza es sostenida por su abuela en sus primeros años.  Los pocos encuentros con su progenitor son infortunados, una imagen de un hombre empobrecido moralmente y perdido en la dipsomanía.  Una relación con una madre llena de muchos amantes a sus ojos y en ambiente de “vida alegre” permanentemente hasta envejecer. 

José crece con la pobreza y la vergüenza, con el deseo de ocultar sus orígenes familiares, y con la expresión violenta de aprender a defenderse y abrirse campo solo, como hombre en la vida. Este ambiente lo envuelve a involucrase con jóvenes, que en similares condiciones, que buscan una razón para vivir o morir.  No tarda en encontrar en una pandilla un hogar que le ofrece la protección que no tuvo, y les paga con incondicionalidad en los riesgos a asumir por su grupo.  Se involucra en delitos de asaltos, ambiente de licor y drogas, mujeres que le van ofreciendo placeres en volutas.  

Caminando en los excesos y desoyendo las lágrimas de su madre y los consejos de su difunta abuela, un día empieza a despertarse y mirarse en el espejo y empezar a ver al hombre que un día pensó no ser, empieza a recordar cuando niño empezó a tomar conciencia de quién era su padre y su madre y se juró a sí mismo no ser como ellos, pero hoy frente al espejo el ser que se reflejaba era aquel con una vida que se estaba acabando entre el remordimiento la culpa y la compulsión por la búsqueda de los placeres prohibidos.  

En una mañana de frío invierno, la puerta de su casa es tocada, abre y ante él un hombre de aproximadamente su edad, y le dice: ¡José! Soy Andrés Mauricio, ¡tu amigo del colegio!  José extrañado y dudando de la amistad, pensando velozmente en la policía, intenta negarse y el persistente amigo empieza a darle pistas de su antigua amistad, José acepta al extraño y empieza a reconocerlo…

Pasan pocos días y varias visitas, y Andrés le empieza a relatar el porqué de su visita.  Sabe de los problemas y vida de José, y cree conocer la respuesta: Jesucristo…  

José ve en su antiguo amigo los ojos de Jesús, mirándolo y perdonándolo, y acepta caminar con él. Andrés lo conecta con un grupo de hombres, que con testimonios personales de luchas y vidas duras que se superaron, empiezan a calar en el corazón de José.  Muchas lágrimas corrieron por la mejilla de José al confrontar su realidad con el perdón de Dios.  Ahora José tenía que caminar sobre las huellas de sus heridas, y acompañado por dos amigos más junto con Andrés va al cementerio con una ofrenda floral a su padre, le pide perdón y ora a Dios por que lo perdone como hijo.  Luego va a casa de su madura madre y le pide que lo reciba.  Ahora su visita no era de reproche, si no de querer presentarle a aquel que estaba siendo su oasis en el desierto de su existencia.  Su madre también abrazaría la fe de su hijo no mucho tiempo después de esta visita.

Ahora José con 36 años, el hombre que nació y creció en una historia difícil, es un hombre nuevo que cree en la firme promesa de las Escrituras: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.

 

Julio, 2014

domingo, 29 de octubre de 2017

El mito de la nereida del Cabo


 

En la parroquia de San Lorenzo, caleta de pescadores a casi 40 km de Manta, cuentan sus habitantes que, por los años de la década de 1950, uno de sus moradores se encontró con una sirena. Él era un hombre de mar que había sobrellevado muchas travesías como pescador.  En una ocasión, cogiendo pulpos en una noche a varias millas de la costa en la que se había adentrado solo, se encontró con una sirena que lo arrastró y se lo llevó a una playa lejana e inaccesible. La marea alta dividía aquella playa de su lugar de morada y volvía inaccesible siempre el paso. La sirena lo alimentó con pescado crudo al hombre, lo tenía cautivo, y luego de tres días, el pescador teniendo mucha sed, le pidió a la sirena que lo regrese con su familia, que extrañaba a sus hijos. La sirena accedió, y cuando el mar se secó permitió al hombre irse.  Cuenta la historia que el hombre solía beber agua mirando al horizonte del mar, y de vez en cuando divisaba a la sirena. Él caminaba a la orilla de la playa para ver de lejos a la sirena, y cuando muy pocas veces el mar estaba seco, la sirena lo llamaba para que vaya con ella.  El pescador nunca más volvió al mar.  Él contaría a otros pescadores lo que le aconteció, que la sirena vivía en una piedra ancha y grande. El hombre la describió como una mujer bonita que tocaba guitarra y cantaba, mitad humano y mitad pez.

 

Mayo, 2014

Puntos de lectura

“…hay una ciudad que debe seguir teniendo esquinas y sitios para la vida a pie. Lugares con sombra y luz, con ajardinamiento, para quedarse ...